CARTA 25

Traducción: Lope Cilleruelo, OSA

Tema: Encomio de los libros de Agustín y petición de otros.

Paulino y Terasia, pecadores, a Agustín, señor y hermano venerable y de una sola alma con nosotros.

Nola: Hacia el 394.

1. Esta caridad de Cristo que nos espolea1 y que reúne a los ausentes en la unidad de fe, nos ha hecho deponer el reparo y dado confianza para escribirte. En mis entrañas has quedado impreso por esas letras tuyas que, brotando de las facultades escolásticas y endulzadas en panales del cielo, tengo reunidas como medicina y alimento del alma en cinco libros. Los recibí como regalo del bendito y para mí venerando obispo nuestro Alipio, no sólo para nuestra instrucción, sino también para la utilidad de muchas ciudades dentro de la Iglesia. Estos libros tengo ahora como lectura: en ellos encuentro mis delicias y aquel alimento que no perece, sino que produce la sustancia de la vida eterna, por aquella fe que nos va incorporando a Jesucristo nuestro Señor. Nuestra fe se robustece con los escritos y ejemplos de los fieles2, pues desdeña lo visible y anhela lo invisible, gracias a la caridad que todo lo cree, según la verdad de Dios omnipotente. ¡Oh genuina sal de la tierra3, con la que se condimenta nuestra interioridad, para que no se engría con el error del siglo! ¡Oh lámpara dignamente colocada sobre el candelero de la Iglesia!4, que derramas tu largo resplandor desde el candelero de los siete dones; alimentado con el aceite de la alegría, disipas la espesa niebla de la herejía, y con el resplandor de tu palabra clarificante separas la luz de la verdad, de la confusión de las tinieblas.

2. Ya ves, hermano unánime, digno de ser admirado y acogido en Cristo Señor, con qué familiaridad te trato, con qué estupor te admiro, con qué amor te abrazo, pues cada día disfruto del coloquio de tus escritos y respiro el aliento de tu boca. Yo diría que tu boca es fuente de agua viva, vena del manantial eterno, puesto que Cristo se ha convertido en ti en surtidor que salta hasta la vida eterna5. Deseándola, tiene sed de ti mi alma6 y mi tierra quiere inundarse de la abundancia de tu arroyo7. Y puesto que ya me has dejado bien armado contra los maniqueos con este pentateuco, si tienes forjadas otras armas contra otros enemigos de la fe católica, te ruego que las saques del arsenal y te dignes ofrecerlas, pues son armas de justicia. Bien sabes que nuestro enemigo tiene mil artes de dañar y que hay que combatirlo con tantas armas cuantas son las insidias que él utiliza. Me fatigo aún, pecador aún, bajo mi alta obligación, veterano en el número de los pecadores, bisoño en el cuerpo de milicia que sirve al eterno Rey.

Mísero de mí, hasta hoy admiré la sabiduría del mundo; con esas letras inútiles y esa prudencia réproba fui ante Dios necio y mudo8. Envejecí entre mis enemigos9, me desvanecí en mis pensamientos10, levanté mis ojos a los montes, contemplando los preceptos de la ley y acogiendo los dones de la gracia. De allí me vino el auxilio de Dios11, el cual no me pagó según mis iniquidades12, sino que iluminó al ciego, libertó al encadenado13, humilló al que estaba orgullosamente erguido, para levantar al que piadosamente se humilló.

3. Sigo las grandes huellas de los justos con pasos aún desiguales para ver si puedo, contando con vuestras oraciones, llegar al fin al que por la misericordia de Dios fui llamado. Ayuda, pues, a un párvulo que repta a gatas, y con tu paso firme enséñale a caminar. No quiero que cuentes mis años por el nacimiento corporal, sino por el renacimiento espiritual. Según la carne tengo ya la edad de aquel que los Apóstoles curaron con el poder de la palabra en la puerta Especiosa14. En cambio, cuanto al renacimiento del alma, estoy en aquel período de los Inocentes que, inmolados en la conjuración dirigida contra Cristo, adelantó su sangre pura a la inmolación del Cordero y anunció la pasión del Señor15. Educa, pues, con tus palabras a un infante, que está todavía mamando en cuanto a la palabra de Dios y a la edad espiritual, y que anhela el pecho de la fe, de la sabiduría y de la caridad. Si atiendes al ministerio común, eres hermano; mas, si atiendes a la madurez de entendimiento y de sentimientos, eres mi padre, aunque quizá seas más joven que yo. Una sabia prudencia te ha llevado en la juventud a la madurez del mérito y al honor de los ancianos. Edúcame y fortaléceme en las sagradas Letras y espirituales estudios, pues soy bisoño por el tiempo y falto de experiencia, después de muchos peligros y naufragios, apenas salido de las olas del siglo. Ya que estás colocado en la playa firme, recíbeme en tus brazos como en puerto de salvación; si es que me juzgas digno, navegaremos unidos. Mientras me esfuerzo por evadirme de los riesgos de esta vida y del abismo de los pecados, sostenme con tus oraciones como en una tabla, para que logre salir desnudo de este siglo como de un naufragio.

4. He tratado de deponer la carga y desprenderme de las pesadas vestiduras, para poder nadar libremente sin la impedimenta de la carne, sin la preocupación del día venidero16, con la ayuda de Cristo, y atravesar este revuelto piélago de la presente vida, que se extiende entre nosotros y Dios, acosado por los ladridos de los pecados. No me glorío de haber rematado mi labor; aunque pudiera gloriarme, me gloriaría en el Señor17, al que toca perfeccionar este querer que está en nuestra mano18; pero todavía codicia mi alma desear los juicios del Señor19. Ya ves, ¿cómo podré realizar de hecho la voluntad divina20, pues todavía deseo que me vengan los deseos? Por mi parte, he amado el decoro de la casa santa21, puesto que antes elegí ser abyecto en la casa del Señor22. Mas agradó al Señor seleccionarme desde las entrañas de mi madre y desde las amistades de la carne y de la sangre, para atraerme a su gracia23. Plúgole también sacarme de mi tierra24, del lago de la miseria y del lodo de la hez25 (aunque carezco de todo mérito bueno), para colocarme entre los príncipes de su pueblo26 y colocar mi herencia al nivel de la tuya. Así, mientras me aventajas en méritos, somos iguales en dignidad.

5. Usurpo, pues, en beneficio mío un derecho de fraternidad, no por presunción, sino por disposición y plan providencial, aunque no soy digno de tan excelsa honra. Teniendo en cuenta tu santidad y tu formación en la verdad, entiendo de sobra que no estimas las dignidades, sino que has elegido la humildad27. Confío, por ello, en que admitirás pronta y sinceramente este amor que te brindo; mejor dicho, ya lo habrás admitido antes; hace de mediador el beatísimo obispo Alipio, nuestro padre, puesto que él se digna serlo. Es indudable que él te ha dado ya ejemplo de amarnos antes de conocernos. Ha superado nuestros merecimientos, pues, siéndoles desconocidos y lejanos por distancia de sol y mar, alcanzó a vernos con su amor y con su carta, gracias a ese espíritu de auténtica caridad que en todas partes penetra y se derrama. El ha sido quien nos dio, como primer documento de su afecto y prueba de tu amor, el ya mencionado y precioso don de tus libros. Y pues tanto se ha cuidado de que conozcamos y amemos profundamente a tu santidad, no sólo por las palabras de él, sino también por los libros tuyos, henchidos de fe y de elocuencia, tenemos que pensar que se ha cuidado asimismo de que tú nos ames tanto como nos ama él. Pedimos que esa gracia de Dios, que está contigo, permanezca para siempre, hermano unánime, venerable y amadísimo en Cristo Señor. Con ardiente afecto de unánime fraternidad, saludamos a toda tu casa y a todos los colaboradores e imitadores de tu santidad. Te suplicamos que aceptes y bendigas ese pan que remitimos a tu caridad como signo de unidad.